miércoles, 27 de julio de 2011

Matapuerco en El Toro

Hace unos años, en invierno de 2002, un grupo de amigos hicimos un matapuerco, esta es la historia:

Por aquellas fechas en El Toro era raro el fin de semana que no acabábamos en casa de la abuela en una cena “primil”.

La casa de la abuela está en la calle Santa Lucia. Es la casa de María Marín Blesa y Luciano Orduña Gil, mis abuelos. En esta casa, desde que tengo uso de razón, he visto reunirse año tras año a mi familia y otras gentes amigas, en comilonas opíparas, que acababan sin remedio en guerras de trozos de pan y sandía, palanganazos de agua y petardos atados a la pata de la mesa. Siempre recordaré cosas como la cara de plenitud de mi abuelo al tenernos a todos bajo su techo, o a mi abuela, orgullosa, el día que se sacó un pecho joven como los pechos jóvenes, y nos cayó la cuchara de la boca, porque mi tío José Morte le decía que las viejas los tenían arrugados.
Calle Santa Lucía de El Toro un día de arcoiris.
Los abuelos nos dejaron en la primavera de 1988, pero sus costumbres, por buenas supongo, persisten por ejemplo en las cenas de sus nietos juntos. Un día, a las cenas de los primos y amigos en casa de la abuela, nos dio por llamarlas cenas “primiles”, y requerían un mínimo de dos primos, carne y vino. Lo demás, era indeterminado y muchas, muchísimas veces para contar. Para contar, porque a mí me han echado de casa la abuela, gentes desconocidas, en nombre del dueño; o para contar porque, una vez, al quedarnos sin leña, alguien quiso cortar con un asegur la viga de la casa, donde quedan las marcas, pero otros cuentan que el hachazo fue involuntario, y que iba dirigido a uno que no quiso pagar su parte y se le apareció Dios en forma de viga de pino. No lo sé, pero leña nunca faltaba.

Las cenas “primiles” eran verdaderas juergas sin cuento, donde se comía, bebía y se hablaba del destino de la humanidad, de dónde venimos, a donde vamos y cuál es la esencia inmaterial del ser humano. Creo que entre temas de tanto calado, era normal relajarse con otros más mundanos, y surgieron ideas como la fabricación de un alambique en el último o la de hacer un matapuerco. Del alambique ya hablaremos, pero el matapuerco, lo hicimos y aquí lo contamos.

Con tiempo suficiente lo preparamos todo de cero, porque ni teníamos puerco, ni porcatera ni nada de nada. El puerco, que fue puerca, la compramos de lechón con los meses precisos de antelación. Limpiamos la porcatera en el huerto de atrás de la finca que fue del tío Pepe y la tía Isabel. Aquello era un zarzal, pero acabamos dejándolo “fetén” para la cría del puerco: pusimos un par de bebederos de pipeta, una tolva para pienso, aseguramos puertas y vallas y dejamos pasar el tiempo, y engordar al animal, al que le llevamos desde el principio las sobras de cada casa como es costumbre. También salíamos a coger bellotas cuando las hubo por aquello del cerdo de bellota. El engorde de Repugnancia no tuvo novedad. Se crió lozana, muy sana y creo que feliz en su ignorancia. Digo Repugnancia, o La Repu, porque Pepe Morte (Jr.) así le puso, por un squetch que en aquellos tiempos hizo famoso el Dúo Cruz y Raya. La puerca se hizo enorme, y le llegó su San Martín. Visto ahora, el dibujo que hizo Arantxa Quiñones (al inicio), era premonitorio.


A final de 2002, no sé si en noviembre o diciembre, hicimos el matapuerco un fin de semana. Esta fecha no es casual. Se hace a principios de invierno, porque es fuente de provisiones para el mismo invierno, y porque la cura y elaboración de embutidos, jamones, orzas y otros alimentos, precisan del rigor invernal para su buen fin.


Sobre todo los que vivían en El Toro, prepararon calderos, lebrillos, leña, aliagas, máquina de picar, de embutir, cuchillería y resto de útiles. Bien temprano acudimos todos y algunos más donde La Repu, y nos pusimos a la faena. La matanza, o matapuerco, no tuvo tampoco novedad. Bastante torpes en las faenas inmediatas al sacrificio, las propias de matarife, porque nadie sabía salvo por haberlo visto hacer, y mucho mejor en las faenas de despiece, deshuese, embutidos y todo esto. El primer día, una vez la carne preparada, la dejamos en oreo toda la noche, como toca. El segundo día ya elaboramos los distintos embutidos, cociendo las morcillas, salando los huesos troceados para puchero, salando los costillares, salando un poco los lomos para la fritura (una semana después hicimos fritura de embutidos, costillares, lomos... la orza), y al final del día, pues habíamos acabado y teníamos un montón de carne y embutidos para seguir haciendo cenas “primiles” a mansalva.


Pasé dos días malísimos con 40 de fiebre, pero sin chistar porque no había otro carnicero. Diré también que casi todos ayudaron lo que sabían, excepto algunos catacalderos como no puede ser de otra forma, o algunos que acudieron solo a comprobar que no éramos capaces de sacrificar a La Repu, u otros también creyéndonos incapaces, acudieron a echar una mano.

Resultado de la matanza. Embutidos al oreo en el "ultimo" de Casa la Abuela
No hay mucho más. Seguro que mi forma de contarlo y mi memoria no son las mejores, pero las imágenes ayudarán un poco a mostrar las cosas como fueron. No ha sido mi intención explicar en detalle un matapuerco, que son todos por un estilo, sino como llegamos a hacer el nuestro un grupo de primos y amigos. Además, si hay cosas que añadir, detallar, corregir, o alguien quiere aclarar el turbio asunto del hachazo en la viga, siendo esto un blog, se puede comentar infinito al final de esta entrada.



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1 comentario:

El Toro 1009 dijo...

Aquí, como este, comentarios (que alguien aclare lo de la viga...)